Riesgo, en Perspectiva
March 2, 2026
This essay is also available in English.
En mi burbuja cómoda en tech, en San Francisco en el 2026, tomar riesgos es un rasgo de personalidad. Fracasar, para la mayoría en mis círculos, es volver a un salario de seis cifras. Mis abuelos no habrían reconocido eso como un riesgo. Abraham fue un pionero quien, junto a su esposa Sarah Rivka, ancló la comunidad en la que crecí. Betty, tan solo una adolescente, se convirtió en la proveedora de su familia. David fue obligado a reconstruir su vida tres veces.
Lanzarse al vacío es más fácil cuando uno tiene menos que perder. Cuando el piso ya se está hundiendo, la opción riesgosa es la apuesta segura. Mis abuelos no tomaron el tipo de riesgo que la gente romantiza en San Francisco. Lo de ellos no era buscar autorrealización ni hacer carrera, sino la vida pegándoles en la cara. Nada de “fail fast,” y nada de aprender en público.
Tenían que irse, y tenían que seguir adelante.
Mi abuelo Abraham vino de Żelechów, un pueblito a mitad de camino entre Varsovia y Lublin, a Costa Rica en 1930 con un par de amigos. Jóvenes y solos, no hablaban el idioma, y no tenían idea de qué les esperaba. Se hicieron vendedores de puerta en puerta. Ese grupito se volvió un faro para otros judíos polacos escapando de la pobreza y el antisemitismo. Ahorró suficiente para comprarle un tiquete de barco a su novia de infancia, y así mi abuela, Sarah Rivka, tuvo su propia aventura cruzando el Atlántico para topárselo. Con sus amigos, construyeron una comunidad juntos. Conforme llegaba más gente, tenían dónde caer: un lugar donde no les tocaba explicarse desde cero. Yo crecí a la sombra de ese esfuerzo.
Mi abuelo David venía de un pueblo por esa misma ruta: Puławy. Dejó atrás su crianza religiosa por la vida urbana, y se tiró de lleno a los libros. Aprendió y enseñó literatura con los comunistas. Se casó con una mujer de Varsovia, y tuvieron un hijo. Antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial, planearon una vida mejor, y él se fue primero, rumbo a Sudamérica. Al llegar a Bolivia, se enteró de que en Polonia habían asesinado a su esposa. Su hijo desapareció, y nunca lo encontraron. Y aun así, la vida siguió. Terminó en Cochabamba, donde montó un negocio importando alfombras.
En esa misma época, mi abuela Betty, todavía adolescente, llegó a Bolivia con sus papás y sus hermanitas: refugiados de Berlín escapando el inicio del Holocausto. Unos vecinos amables les tocaron la puerta para avisarles: sus nombres estaban en la lista de la próxima semana. Al llegar a La Paz, en la estación de tren, oyó un anuncio: un puesto para alguien que hablara francés fluido. Ella todavía no sabía español, pero agarró el trabajo ahí mismo para darle techo y comida a su familia.
Se encontraron. Él armó una segunda familia pasados los cincuenta. Ya entrando a sus setenta, la inestabilidad política en Bolivia los puso a buscar de nuevo. Se mudó con mi abuela, sus dos hijos adolescentes, y su suegro anciano a Costa Rica. No para retirarse, sino para seguir trabajando. Empezó otro negocio, esta vez vendiendo electrodomésticos.
Su fortaleza es inspiradora. Hace que la palabra “riesgo” se me quede chiquita, casi que pegada en la boca.
Cuando pienso en lo que quiero hacer, me siento a la vez ambicioso e impaciente. Me dan ganas de empezar algo por el reto de hacer tener un impacto, no porque mi familia lo necesite para sobrevivir. Solo puedo darme ese lujo por ellos.
Pienso en Zaidi Abraham y Buba Sarah armando un faro a punta de amistad y esfuerzo.
Pienso en Abo David y Tati Betty reconstruyendo desde una pérdida que no cabe en papel.
Después de una década en San Francisco, he empezado a sentirme como un faro yo también, abriéndoles puertas a mis amigos. Mis reinvenciones no son tan dramáticas, pero estoy siguiendo su ejemplo. Si pudieran ver dónde estoy, estarían felices.
A seguir adelante.
Gracias a Hannah Doherty y a Frida Tarcica por sus comentarios en las primeras versiones de este ensayo.
Photo: Mis abuelos, cortesía de La Fridita que las escaneó especialmente para este ensayo.